El potencial heterotópico en el Diseño para la activación Social: hacia la emancipación del espacio y los servicios urbanos
Este ensayo explora la creciente alienación urbana y la imposición de un espacio abstracto y homogeneizador, ejemplificados por megaproyectos como NEOM y la privatización de espacios públicos locales como el Parque Lira.
Se argumenta que la lógica de la Smart City, impulsada por la eficiencia algorítmica y la mercantilización, opera mediante la expulsión sistémica, priorizando el valor de cambio sobre el valor de uso y generando una profunda desconexión social. Frente a esta tendencia, el ensayo propone la noción de heterotopía como una estrategia de resistencia y reactivación urbana. El Diseño para la Activación Social se presenta como la herramienta fundamental para la creación y consolidación de estas heterotopías, entendidas como "otros espacios" que desafían la narrativa dominante y devuelven la agencia a las comunidades. A través de ejemplos como el Taller Interuniversitario de Diseño (TIUD), se demuestra cómo el diseño puede facilitar la generación de "comunes" urbanos y empoderar a los ciudadanos para resignificar sus entornos. El ensayo concluye que la construcción de heterotopías es un paso crucial hacia la reivindicación del derecho a la ciudad, promoviendo un futuro urbano más equitativo, participativo y emancipado, donde la diversidad y la vida colectiva prevalezcan sobre la lógica del capital.
Palabras Clave:
Diseño para la Activación Social, Heterotopía, Smart City, Expulsión Sistémica, Espacio Abstracto
“Únanse al baile
De los que sobran
Nadie nos va a echar de más
Nadie nos quiso ayudar de verdad.
Nos dijeron cuando chicos
Jueguen a estudiar
Los hombres son hermanos
Y, juntos, deben trabajar.
Oías los consejos, los ojos en el profesor
Había tanto Sol sobre las cabezas
Y no fue tan verdad, porque esos juegos, al final
Terminaron para otros con laureles y futuro
Y dejaron a mis amigos pateando piedras”
El baile de los que sobran | Los prisioneros
Introducción
En 1983, la sátira cinematográfica "México 2000", dirigida por Rogelio A. González, presentaba una ciudad utópica donde el civismo había erradicado la corrupción. Vista desde este 2026, esa ficción resuena no como profecía, sino como una denuncia estética sobre la inviabilidad de los modelos modernistas. Hoy, esa utopía del absurdo encuentra un eco perturbador en el paradigma de la Smart City (Ontiveros & López, 2016, posición 857) y la privatización del Parque Lira (Miranda, 2026). Mientras que la ficción ochentera confiaba en el perfeccionamiento moral, la promesa contemporánea, encarnada en proyectos como NEOM en Arabia Saudita, confía en la infalibilidad algorítmica para gestionar el caos, ignorando sistemáticamente las fracturas sociales que la sustentan.
El proyecto "THE LINE" en NEOM (THE LINE: A revolution in urban living. s.f.), se erige como el epítome de esta contradicción. Prometiendo una urbe cognitiva de cero gravedad y sostenibilidad absoluta, su construcción revela lo que Saskia Sassen(2015) categoriza como "expulsiones": procesos sistémicos donde la complejidad financiera desmiembra lo social (p. 245). La realidad detrás de los visualizadores futuristas es el desplazamiento forzoso de la tribu Howeitat y la imposición de sentencias de muerte a quienes resisten el desalojo . Así, la ciudad del futuro no se construye sobre el vacío, sino sobre la anulación activa de los habitantes preexistentes, convirtiendo el territorio en un espacio abstracto diseñado para la eficiencia del capital y no para la vida humana.
Esta lógica de expulsión y mercantilización no es exclusiva de las megalópolis del Medio Oriente; opera con mecanismos similares a escala local en la Ciudad de México. La controversia reciente en torno a la privatización temporal del Parque Lira para espectáculos privados (Miranda, párrafo 3) evidencia cómo el espacio público es cooptado, desplazando el uso común vecinal en favor del lucro. Tanto en NEOM como en Parque Lira, el diseño urbano actúa como un agente de segregación.
Frente a este panorama, el presente texto sostiene que el Diseño para la Activación Social emerge como una herramienta fundamental para la resistencia. Más allá de la optimización funcional, el diseño debe buscar la creación de heterotopías —espacios otros— que desafíen la narrativa hegemónica de la Smart City, devolviendo a la ciudadanía la agencia sobre su entorno y reconfigurando los servicios urbanos como infraestructuras de emancipación y no de control.
De la Ciudad Inteligente al Espacio Abstracto
La transición del urbanismo modernista al paradigma de la Smart City1 no representa, como suele anunciarse en los folletos de desarrollo inmobiliario, una evolución meramente técnica hacia la eficiencia (Ontiveros & López, 2016, posición 2019). Por el contrario, constituye una reconfiguración ideológica profunda sobre cómo se concibe, se habita y, fundamentalmente, se controla el territorio. Si la utopía del siglo XX (Lefebvre, 2013, p. 25) buscaba ordenar el caos a través de la zonificación funcionalista, la utopía del siglo XXI busca domar la incertidumbre social mediante el algoritmo y la data. Sin embargo, bajo la superficie brillante de los visualizadores hiperrealistas y la promesa de una conectividad ubicua, opera una maquinaria de exclusión terrible. Para entenderlo mejor, es neceasario desmantelar este espejismo tecnológico y revelar la lógica de expulsión que lo sustenta, analizando cómo la producción del espacio abstracto (p. 323) se entrelaza con las dinámicas de expulsión sistémica (Sassen, p. 248) tanto en los megaproyectos globales como en las intervenciones locales.
Para fines de este escrito, se mantendrá el anglicismo de Smart City a pesar de que existe en castellano el concepto de Ciudad Inteligente, ya que tiene el objetivo de mantenerlo como lo usan Ontiveros y López en su texto.
Henri Lefebvre introduce la distinción crítica entre el "espacio social" —el espacio vivido, lleno de contradicciones, historia y relaciones humanas— y el "espacio abstracto". Este último es el espacio del capitalismo: geométrico, visual, cuantificable y, sobre todo, instrumental (p. 15). La Smart City es la apoteosis del espacio abstracto. En ella, la ciudad deja de ser un teatro de la vida espontánea para convertirse en una plataforma de extracción de datos y plusvalía.
La narrativa de la ciudad inteligente se basa en la falacia de que los problemas urbanos (pobreza, congestión, inseguridad) son fallos técnicos que pueden resolverse con suficiente poder de cómputo (Ontiveros & López, 2016, posición 25). Esta visión tecnocrática despolitiza la ciudad. Al tratar la desigualdad como una ineficiencia del sistema y no como un producto estructural del modelo económico, la Smart City justifica intervenciones que priorizan el flujo de capital sobre el arraigo comunitario. El diseño urbano, bajo esta lógica, no se crea para el habitante de carne y hueso —persona—, sino para un “usuario" idealizado, un nodo predecible dentro de la red. Todo aquello que no encaje en la métrica del algoritmo —la economía informal, las prácticas culturales no mercantiles, la protesta social— es considerado ruido que debe ser silenciado o eliminado. Así, el espacio abstracto no es un vacío inocente; es un arma de homogeneización que aplana la experiencia humana para hacerla legible y rentable (Lefebvre, 322).
NEOM y la violencia de la línea recta
Ningún proyecto contemporáneo ilustra la violencia inherente al espacio abstracto con mayor claridad que NEOM, y específicamente su componente lineal, "THE LINE", en Arabia Saudita. Este proyecto no es solo una ciudad; es una declaración de guerra contra la geografía y la historia. Al proponer una estructura de 170 kilómetros de largo, 200 metros de ancho y 500 metros de altura, cubierta de espejos, los diseñadores no solo están imponiendo una forma geométrica pura sobre el desierto; están materializando la fantasía suprema del control total.
"THE LINE" promete una civilización libre de las cargas de la ciudad tradicional: sin coches, sin emisiones, con servicios a cinco minutos de distancia y gobernada por una inteligencia artificial benevolente. Sin embargo, este "espejismo tecnológico" requiere de un rasero. Para que exista la utopía cognitiva, el territorio debe ser vaciado de su realidad previa. Aquí es donde la teoría de Lefebvre colisiona con la realidad de las "expulsiones" descrita por Saskia Sassen.
Ella argumenta que la economía global contemporánea ya no busca simplemente la inclusión de los trabajadores en el sistema —como consumidores o mano de obra—, sino que opera mediante una lógica de expulsión activa (Sassen, p. 12). Las complejidades financieras y legales permiten que grandes extensiones de tierra y recursos sean reconfigurados para el "alto rendimiento", expulsando a quienes habitan esos espacios hacia los márgenes de la supervivencia. En el caso de NEOM, esta expulsión no es metafórica. El desalojo forzado de la tribu Howeitat, habitantes históricos de la región de Tabuk (Holleis & Knipp, párrafo 1), revela el costo humano de la Smart City.
La tribu Howeitat, cuya existencia y modos de vida están intrínsecamente ligados a ese territorio específico, representa el "ruido" que el algoritmo de NEOM no puede procesar. Su presencia es incompatible con la visión de una ciudad futurista gobernada por leyes especiales y orientada al turismo de élite y la inversión extranjera. La respuesta del Estado Saudí no ha sido la integración, sino la eliminación (párrafos 2 y 3). Las denuncias de la ONU sobre la inminente ejecución de miembros de la tribu que se opusieron al desalojo exponen la brutalidad que subyace al diseño de vanguardia (UN Human Rights Office, párrafo 3). La arquitectura de "THE LINE", con su fachada de espejos que refleja el desierto, actúa literalmente como un camuflaje: una barrera visual que oculta la violencia de su propia fundación. El diseño, en este contexto, es cómplice de un acto de limpieza social, transformando el hogar ancestral de una comunidad en un activo financiero globalizado.
La invisibilidad del despojo
Lo que hace que estas expulsiones sean particularmente insidiosas en la era de la Smart City es la complejidad técnica que las envuelve. Sassen señala que las expulsiones contemporáneas suelen estar mediadas por instrumentos tan complejos que la responsabilidad se diluye (p. 15). En la ciudad inteligente, el despojo se presenta como "renovación urbana", "optimización de recursos" o "desarrollo sustentable” (Ontiveros & López, 2016, posición 457).
El lenguaje del diseño –la interfaz– y la tecnología actúa como un anestésico. Cuando se nos presentan imágenes de rascacielos con jardines verticales y sistemas de transporte autónomo, es difícil ver la red de exclusiones que los hace posibles. Este espejismo tecnológico nos entrena para mirar hacia arriba, hacia los edificios inteligentes y las fachadas verdes, impidiéndonos mirar hacia abajo, hacia los cimientos sociales que están siendo socabados.
Esta lógica crea una ciudadanía de dos niveles: los ciudadanos inteligentes, que tienen la capacidad económica y tecnológica para interactuar con la infraestructura digital y beneficiarse de ella; y los expulsados, aquellos que, al no generar datos valiosos o no poseer el poder adquisitivo requerido, son empujados a las periferias físicas y digitales (Roche, 2024, párrafo 3). En NEOM, la ciudadanía se reemplaza por la membresía; el derecho a la ciudad (Lefebvre, 21) se convierte en un servicio de suscripción. El espacio deja de ser un derecho político para convertirse en un privilegio de consumo.
El reflejo local: Parque Lira y la privatización de lo cotidiano
Si bien NEOM representa el otro extremo del planeta de esta tendencia, sería un error considerar que esta lógica de expulsión es ajena a nuestra realidad inmediata. En la Ciudad de México, los mecanismos del espacio abstracto y la expulsión operan de manera más fragmentada pero igualmente corrosiva. La controversia en torno a la privatización temporal del Parque Lira (Miranda, párrafo 1) sirve como un microcosmos perfecto para analizar cómo el espejismo del espectáculo desplaza la vida cotidiana.
El Parque Lira, históricamente un nodo de encuentro vecinal, un espacio de "uso", como lo llama Guy Debord en “La Sociedad del Espectáculo” (2000, p. 21), se ve amenazado por una lógica de gestión que prioriza el evento privado sobre la función pública. Al cerrar el parque para espectáculos exclusivos, bajo el pretexto de mantenimiento o financiamiento, la administración urbana está aplicando una micro-expulsión. Se le dice al vecino que su presencia cotidiana, su caminar, su ocio no monetizado, no es suficiente para justificar el mantenimiento de este espacio. El Alcalde, Mauricio Tabe, necesita convertirlo en un escenario para el capital (Miranda, párrafos 3 y 4).
Aquí, la tecnología y el diseño también juegan un rol. Las barreras físicas, la seguridad privada, y la logística de los eventos transforman el parque. De ser un espacio poroso y accesible, se convierte temporalmente en una fortaleza excluyente. Al igual que en NEOM, se prioriza el espacio abstracto sobre el espacio social (Lefebvre, p. 47).
Esta "eventificación" –valga la palabra– de la ciudad es una característica clave de la urbanización de este siglo. La ciudad deja de planificarse para la habitabilidad a largo plazo y comienza a diseñarse para el impacto efímero. El ciudadano común es expulsado no necesariamente de su vivienda, sino de su derecho al disfrute del espacio público. Se le convierte en un extraño en su propio barrio, obligado a navegar entre vallas y restricciones, recordándole constantemente que la ciudad no le pertenece, sino que es propiedad de quien pueda pagarla.
La alienación urbana como condición existencial
La convergencia de estos factores —la imposición del espacio abstracto, la violencia de las expulsiones y el espejismo tecnológico— produce una profunda alienación urbana. El habitante de la ciudad actual se encuentra desconectado de su entorno. Las decisiones que moldean su realidad se toman en cajas negras algorítmicas o en salas de juntas transnacionales, lejos de cualquier proceso democrático participativo.
El diseño urbano, en su vertiente hegemónica, ha renunciado a su vocación social para convertirse en una disciplina de maquillaje cosmético para el capital —se puede observar en toda la rehabilitación de la ciudad que se ha hecho para el Mundial de Fútbol 2026—. Al diseñar para la Smart City sin cuestionar sus fundamentos políticos, los arquitectos y urbanistas se convierten en gestores de la alienación. Crean entornos que son visualmente seductores pero socialmente estériles; espacios que rechazan la fricción, el azar y la diferencia, cualidades esenciales de la vida urbana vibrante.
La ciudad resultante es una colección de fortificaciones conectados por corredores de movilidad rápida, flotando en un mar de precariedad. Es una ciudad que ha perdido su capacidad de ser un cuerpo político. En lugar de ser el lugar donde los extraños se encuentran y reconocen su humanidad compartida, la ciudad inteligente y mercantilizada es el lugar donde los extraños se vigilan mutuamente o, peor aún, donde los indeseables son borrados del mapa mediante la arquitectura hostil y la vigilancia digital.
En conclusión de esta primera aproximación, la lógica de la expulsión y el espejismo tecnológico no son accidentes del sistema, sino sus funciones operativas centrales. NEOM y la gestión privatizadora de espacios como Parque Lira, no son anomalías: son la norma de un urbanismo que ha declarado la obsolescencia de lo social. Frente a este escenario de despojo sistémico, donde el espacio abstracto amenaza con devorar por completo el espacio vivido, surge la urgencia de una contra-estrategia. No basta con pedir una Smart City más inclusiva, ya que la lógica de la herramienta ya está viciada. Es necesario un cambio radical de paradigma: pasar del diseño de la eficiencia –el que s mide con indicadores neolibelares– al diseño de la resistencia. Es aquí donde el concepto de Heterotopía emerge no como una curiosidad teórica, sino como una necesidad de supervivencia urbana.
La Heterotopía como estrategia de reactivación
Ante la creciente alienación urbana y la imposición de un espacio abstracto y homogeneizador, la noción de heterotopía (Harvey, página 15) se presenta no solo como un concepto teórico, sino como una estrategia de resistencia y reactivación del tejido social y espacial. Las heterotopías son esos otros espacios, lugares que existen dentro de la sociedad pero que funcionan bajo lógicas distintas, a menudo en oposición o como contrapunto a las normas dominantes. Son espacios de excepción, de ruptura, de coexistencia de múltiples realidades en un mismo lugar físico.
El Diseño para la Activación Social, tal como se aborda en el artículo "El diseño. Una herramienta de mediación, interacción y diálogo humano" de Leobardo Ceja Bravo (2021), se alinea intrínsecamente con la creación y el fomento de heterotopías. Este enfoque del diseño no se limita a la creación de objetos o sistemas eficientes, sino que se concibe como una disciplina proyectual orientada a "formar, informar, propiciar, articular, regular, reordenar, resignificar o reinterpretar" (p. 85) las interacciones humanas y sociales . En un contexto donde las Smart Cities buscan imponer una única "semiósfera"(p. 86) de interacciones controladas y predecibles, el diseño activista busca precisamente generar semiósferas alternativas, espacios donde la interpretación y el diálogo sean plurales y no dictados por un algoritmo centralizado.
La alfabetidad del diseño, mencionada por Ceja Bravo (p. 90) es crucial en este proceso. No se trata solo de entender cómo funcionan los objetos diseñados, sino de comprender su rol en la configuración de comportamientos y relaciones sociales. El Diseño para la Activación Social busca empoderar a los individuos y comunidades para que se conviertan en agentes activos en la resignificación de sus entornos, utilizando el diseño como una herramienta para cuestionar, subvertir y transformar las estructuras espaciales y sociales existentes.
El Taller Interuniversitario de Diseño (TIUD), (Manzano, 2022), ejemplifica la aplicación práctica de estos principios. Al ser un taller híbrido e itinerante, que reúne a estudiantes de diversas instituciones como la UNAM, el INBA, la Ibero, el TEC de Monterrey y la UAM Azcapotzalco, el TIUD opera como una heterotopía educativa. No es una asignatura tradicional sino un espacio temporal y móvil donde se exploran temas como el diseño activista, el diseño orientado a las transiciones y la sustentabilidad.
La doctora Sandra Molina Mata, integrante del TIUD y docente en la UAM Unidad Atzcapotzalco, señala que el objetivo es "encontrar el papel que tiene el diseño en la generación de comunes, encontrar lo común en la diferencia y reconocer cómo cada una de las escuelas participantes tiene una visión propia del diseño” (párrafo 3). Esta búsqueda de lo común en la diferencia es fundamental para la creación de heterotopías. Estas no niegan la diferencia; la celebran y la utilizan como motor de creación. Al reunir perspectivas diversas, el TIUD genera un espacio de aprendizaje donde las normas académicas convencionales se flexibilizan, permitiendo la emergencia de nuevas formas de pensar y hacer diseño, orientadas al bienestar colectivo.
Los espacios de resistencia contra la homogeneización
La ciudad actual, con su énfasis en la estandarización, la eficiencia y la predictibilidad, tienden a erradicar las heterotopías. Buscan crear un espacio homogéneo, donde cada rincón sea funcional y rentable, eliminando los espacios vacíos o improductivos (Lefebvre, p. 47) que consideraba esenciales para la diversidad y la crítica. La lógica de la expulsión, como se analizó previamente, es el mecanismo principal para lograr esta homogeneización, desplazando todo aquello que no encaja en el modelo hegemónico.
Sin embargo, el Diseño para la Activación Social, al promover la participación comunitaria y la co-creación, puede generar espacios que funcionen como heterotopías. Estos espacios no son necesariamente físicos en el sentido tradicional: pueden ser redes de colaboración, plataformas digitales alternativas, o intervenciones artísticas y de diseño en el espacio público que desafían la narrativa dominante.
Ceja Bravo destaca cómo el diseño puede ser un recurso de mediación que permite a las personas "hacer evidentes diversas acciones, conductas, procedimientos o interacciones" (p. 91). En el contexto de la activación social, esto se traduce en el uso del diseño para visibilizar problemas y entender problemáticas, y así facilitar la organización comunitaria para generar nuevas formas de habitar y relacionarse con el entorno urbano. El TIUD, al ser una experiencia educativa que rompe con las estructuras tradicionales, opera como una heterotopía. Ofrece un continuum social de interacción y aprendizaje no formal (p. 90) donde los estudiantes adquieren otras habilidades que les sirvan para desarrollar una nueva práctica: aprender a sortear diferencias, trabajar en equipo con personas de otros contextos y entender otras aproximaciones al diseño. Esta experiencia formativa, al salirse de los marcos institucionales prepara a las personas para pensar y actuar de manera más crítica y propositiva, fomentando una alfabetización en diseño que se vincula con la formación de una ciudadanía activa.
El concepto de "la activación para lo común” que persigue el TIUD es clave aquí. Los “comunes" se refieren a recursos (naturales, culturales, de conocimiento) que son gestionados y utilizados de forma colectiva por una comunidad (Bollier, 2016, p. 25). El diseño, al facilitar la creación de plataformas de intercambio de información, de redes de apoyo mutuo, o de espacios de producción colaborativa, puede contribuir a la generación y fortalecimiento de estos comunes urbanos.
El mismo Ceja Bravo enfatizan que el diseño es una disciplina proyectual que puede condicionar comportamientos humanos y sociales (p. 90). Al aplicar esta comprensión a la activación social, se busca que el diseño condicione comportamientos hacia la colaboración, la solidaridad y la participación, en contraposición a la competencia y el individualismo promovidos por la lógica de la Smart City.
Entendiendo esto, podemos decir que la Ciudad de México, con su complejidad histórica, social y espacial, es un terreno fértil para la emergencia de heterotopías. La intervención en el Parque Lira, aunque represente una lógica de expulsión temporal, también puede ser vista como un detonador. La resistencia vecinal(Miranda, párrafo 9) y la demanda por la recuperación del espacio público para el uso común pueden dar lugar a iniciativas de diseño activista que transformen el parque en una heterotopía: un espacio donde se celebren eventos comunitarios autogestionados.
La ciudad no debe ser un mero reflejo de la lógica capitalista, sino un mosaico de experiencias vividas, donde las heterotopías diseñadas socialmente permitan la coexistencia de múltiples realidades y la constante reinvención de lo común.
Hacia una Ciudad Rebelde y colectiva
Esta crítica a la Smart City y su lógica de expulsión, analizada a través de la lupa de las heterotopías y el Diseño para la Activación Social, nos lleva a una encrucijada en la concepción y práctica de la construcción de ciudad contemporánea. La visión de ciudades como NEOM o la gestión privatizadora de espacios públicos como el Parque Lira, lejos de ser meros ejemplos de desarrollo tecnológico o eficiencia administrativa, representan la culminación de un proceso de abstracción espacial y mercantilización de la vida urbana. Este modelo, al priorizar el valor de cambio sobre el valor de uso, y la data sobre la experiencia vivida, genera una profunda alienación y fragmentación social, expulsando activamente a quienes no se ajustan a su lógica del capital. Frente a esta imposición de un espacio homogéneo y controlado, la noción de heterotopía, se revela como una estrategia de resistencia y reactivación indispensable. Estas heterotopías no son utopías inalcanzables, sino espacios sociales que emergen de las prácticas cotidianas de la gente: de lo que desean, sus anhelos, y sus continuas búsquedas de significado.
El Diseño para la Activación Social, se erige como el catalizador principal para la emergencia y consolidación de estas heterotopías. Al concebir el diseño no como una mera herramienta de optimización, sino como una disciplina proyectual capaz de "formar, informar, propiciar, articular, regular, reordenar, resignificar o reinterpretar" las interacciones humanas, se abre la posibilidad de generar semiósferas alternativas. Estas semiósferas, en contraposición a la única impuesta por las Smart Cities, permiten la pluralidad de interpretaciones y diálogos, empoderando a las comunidades para resignificar sus entornos y cuestionar las estructuras del capital.
El Taller Interuniversitario de Diseño ejemplifica esta aproximación. Su naturaleza híbrida, itinerante y multidisciplinaria lo convierte en una heterotopía educativa en sí misma. La alfabetidad del diseño que promueve no se enfoca al conocimiento técnico, sino que abarca la comprensión crítica del rol del diseño en la configuración social y política.
La re-apropiación de la ciudad es un campo crucial donde las heterotopías pueden operar como contrapeso a la mercantilización y el control. En lugar de depender de plataformas corporativas o gubernamentales opacas, el diseño activista puede facilitar la creación de comunes urbanos: redes de movilidad compartida autogestionadas, sistemas de alerta comunitaria, plataformas de intercambio de conocimiento, hasta huertos urbanos colectivos. Estos proyectos, al priorizar la colaboración, la solidaridad y la participación democrática, desafían la lógica individualista y competitiva inherente a la Smart City, para recamar el derecho a habitar, transformar y ser parte activa de la urbe.
En última instancia, la reivindicación del derecho a la ciudad, como “significante vacío lleno de posibilidades”, depende de dotarlo de un “significado inmanente revolucionario“. (Harvey, p. 203). Este texto como provocación, persigue la erradicación de las prácticas capitalistas que generan desigualdad y degradación, y requiere un movimiento revolucionario más amplio. La construcción de heterotopías a través del Diseño para la Activación Social es un paso fundamental en esa dirección ya que son los espacios donde lo diferente se hace posible, donde se siembran las semillas de un futuro más justo, democrático y emancipado, o eso intentaremos.
La ciudad no debe ser un mero reflejo de la acumulación de capital, sino un espacio de encuentro, de creación colectiva y de afirmación de la vida. Las heterotopías diseñadas socialmente nos invitan a imaginar y construir ciudades rebeldes, donde la diversidad florezca, los comunes se fortalezcan y la ciudadanía recupere la agencia sobre su propio destino urbano. La tarea no es solo resistir la expulsión, sino crear activamente los espacios de posibilidad que nos permitan reinventar la ciudad para todos.
Referencias
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